El espíritu, el pensamiento, adopta formas diversas. El pensamiento normal se compone de ideas que se mueven de una manera dispersa y se agitan como una mariposa de un objeto o problema a otro, y rara vez son interrumpidas por decisiones o iniciativas de la voluntad. Para superar esta dispersión desarrollaremos poco a poco las siguientes cualidades:
1. Concentración: condensación, serenidad (prepararse uno mismo), perseverancia y conformidad
2. Meditación (observancia racional o pensamiento): cavilar, reflexionar, analizar detenidamente. Observaremos un objeto o problema desde cada ángulo, en cada aspecto, desde todas las ópticas hasta comprenderlo en su totalidad.
3. Contemplación: unificación, fusión, identificación, empatía; acostumbrarse, alcanzar un estado de equilibrio
He aquí un ejemplo: en Tibet un Maestro enseñaba a su chela a reflexionar paso a paso, mediante la concentración, la meditación y la contemplación de cualquier objeto que le resultase bien conocido. El chela había sido pastor y eligió su animal favorito, el yak, como objeto. De vez en cuando el Maestro le visitaba para averiguar los progresos que había hecho. Pasó un tiempo, y un día el Maestro fue a verle al bosque y le pidió que saliera de su refugio de piedra, pero su discípulo le contestó que no podía porque sus cuernos habían crecido mucho y la puerta era demasiado estrecha. Después incluso hizo los mismos sonidos que un yak. Es un ejemplo de una contemplación culminada con éxito, pero también es importante que seamos capaces de volver de este estado a la realidad en cualquier momento y así controlar todo el proceso. Existen además los siguientes estados del espíritu:
1. Éxtasis: manifestación de las cualidades fundamentales universales de la voluntad (fuego), el intelecto (aire), los sentimientos (agua) y la conciencia (tierra).
2. Trance: transferencia de conciencia, así como de objetos, a cualquier plano no sólo pasivamente mediante la observación sino activa y creativamente.
El pensamiento normal puede compararse con la luz ordinaria, en la que las partículas luminosas, los fotones, brillan, titilan y oscilan en todas direcciones. Contiene todos los elementos, pero pueden descomponerse mediante un prisma en colores individuales (elementos). Además se puede provocar una refracción de la luz en un plano o dirección con un cristal de espato de Islandia, es decir, polarizarla. De esta forma la luz ya no se difunde sino que se concentra y, en consecuencia cuando aumenta la intensidad de la luz se pueden lograr efectos concretos. Por ejemplo si se dirige un rayo de luz muy concentrado sobre una piedra preciosa, como un rubí, surge un rayo láser, y cuando se incrementa la fuerza el rayo láser puede influir sobre cualquier clase de materia. De esta manera es posible inducir cambios similares a los procesos alquímicos, y, como sabemos, a la fusión nuclear, que también incluye las centrales de energía nuclear y la destructiva bomba atómica que se desarrolló a partir de aquella. El Maestro afirmaba que en la época de la legendaria Atlántida unos magos irresponsables desencadenaron un inmenso cataclismo, el Gran Diluvio, al desplazar el equilibrio del eje de la tierra con sus experimentos. Se produjeron una vibración y una inclinación que provocaron aquel tremendo desastre, y los continentes se separaron surgiendo nuevas montañas y zanjas oceánicas que precipitaron el hundimiento de la Atlántida. Por lo tanto, ¡ten cuidado con los pensamientos! El Maestro solía decir: “todo es taaaan sencillo”.
© Dr. Lumir Bardon y Dr. M.K.
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